
Y siempre el mar, sirviendo de recuerdo, haciéndonos añorar días y placeres perdidos, convirtiendo las vacaciones de los niños en algo mágico, que se repite cada año, pero a lo que cuesta renunciar cuando hay que volver. Por eso envidio a las personas que viven en ciudades bañadas por el mar, porque basta pasear por su orilla para sentirse inmediatamente cerca de la naturaleza, por el rumor de las olas que nos adormece, que seda y calma. Mirar al mar desde un acantilado, ver la profundidad del azul en el horizonte es uno de los placeres que mejor expresa la necesidad del ser humano de fundirse con la naturaleza y de dejar atrás todas esas tristezas que a veces nos asaltan y que parece que pierden intensidad, cuando te sientas delante del mar, y lo contemplas. Quizá sea porque su inmensidad nos aturde, o tal vez porque sabemos que, cuando nosotros hayamos desaparecido, otras personas volverán a sentir la misma fascinación y se plantearán qué pequeños somos, y de qué poco sirven todas nuestras tribulaciones en una existencia tan limitada. Amo el mar. !Qué más puedo decir!...