
Mi ciudad no sería lo mismo, si en todo su centro, no existiese esa estatua desde cuya altura la diosa Cibeles goza de una situación privilegiada. Paso obligado de turistas y foráneos, representa una imagen del Madrid aristocrático, en un entorno lleno de cultura y tradición que me encanta. Desde su atalaya, ve pasar a ricos y pobres, equipos de fútbol aclamados por sus seguidores, Cabalgatas de Reyes Magos, manifestaciones en favor de la paz y contra el terrorismo, maratones multitudinarios y carreras ciclistas nacionales, sin descomponer ni un momento su pétrea sonrisa, y sin dejar de dominar a sus leones sin tener que usar el látigo. La admiro, la envidio y la añoro cuando estoy lejos, y cuando paseo por el Paseo del Prado me siento orgullosa de esa parte de mi ciudad, llena de categoría, distinción y encanto. El lugar donde uno nace y vive guarda recuerdos maravillosos que, a lo largo de los años se atesoran. Aquellos en que paseaba cogida de la mano de mi padre, sintiendo mucho frío, con el puño metido en el bolsillo de su gabán, con la nariz tapada por la bufanda y su voz contándome historias de una Madrid que ya ha desaparecido. No para mí. Esas estampas están grabadas en mi retina. Y como muestra de ello, ahí está Cibeles. Una diosa de piedra, a la que sólo le falta hablar.