He leído el artículo de Almudena Grandes del domingo pasado en el Pais, y no puedo por menos que copiarlo y hacerlo mío, por cuanto expresa mejor de lo que yo podría hacerlo los sentimientos que me invaden y, a veces, me ahogan, con respecto a la pérdida de dos de mis hermanos en los últimos tres años.
Quisiera haberlo escrito yo, envidio a las personas que tienen la capacidad de hacernos sentir reflejados en sus palabras, y que logran definir todos esos sentimientos de una manera tan fácil, como si no costase ningún trabajo. Yo, en cambio, me siento perdida en un mar de sensaciones que no logro expresar, siento atravesada en mi garganta la pena que a veces me hace llorar, sin que pueda contener las lágrimas, como si toda yo me fuese a deshacer en llanto. Por eso, cuando alguien pone en letras algo así, para mí lo pone también en imágenes.
Vaya por delante, que estoy sumamente orgullosa de mis hermanos. Que han sido las personas más importantes de mi vida, en un momento en que la vida diaria en España estaba tan llena de zozobra como ahora, sabían sacar de la chistera la alegría, el ingenio y la gracia de las que yo siempre carecí y que ellos derrochaban a raudales. En mi casa, como dice un primo mío: "comer no comeremos, pero reírnos..."
Ese es el recuerdo que siempre tendré de ellos: la alegría y la música. Música siempre, a veces cantada, a veces escuchada, pero siempre alrededor, como fondo de las penurias cotidianas, y los cotidianos fracasos.
Y luego, cuando se fueron buscando un porvenir mejor y unos horizontes más amplios, recuerdo el silencio, la pena de mi madre, las lágrimas...
Es muy cierto que la historia está condenada a repetirse una y otra vez, y ahora tenemos un panorama similar al que había en este país hace cincuenta años. Pero nosotros no somos los mismos: mis hijos no son mis hermanos, les falta alegría, están demasiado preocupados por cosas que se solucionarán o no, según nos toque. No tienen la necesidad de la familia alrededor como la teníamos nosotros, se creen muy capaces y, sin embargo padecen una enfermedad que nosotros no teníamos: la necesidad de independencia. Y digo enfermedad, porque está mal planteada, mal entendida. Nosotros nos independizamos cuando llegó el momento, pero no rompimos las amarras que nos ataban a la familia. Ellos piensan que independizarse es no contar lo que les apena, lo que les alegra o lo que les preocupa. Pueden estar junto a tí, y encontrarse a miles de kilómetros. Por eso cada vez recuerdo más a menudo una de las últimas conversaciones que tuve con mi hermana, y en la que ella me decía cuánto echaba de menos a sus hermanos. "Porque los hermanos son las personas que siempre han estado más cerca de tí, aquellos con quienes compartes recuerdos y vivencias. Los hijos son el futuro, y el futuro ya no es nuestro. Lo nuestro son los recuerdos de nuestra infancia, las personas que hemos conocido, las que hemos perdido en el camino"...
Así que hoy siento que las amarras que me atan a la vida se van soltando poco a poco, porque les he perdido a ellos, y con ellos se van mis recuerdos. Ya no hay nadie a quién preguntar: ¿Te acuerdas de aquella vez?...
El artículo se titula "AMOR ETERNO" y, una parte de él, dice así:
"Me cuesta demasiado incluso ahora encontrar las palabras justas para explicar cuánto te quería, para desentrañar la naturaleza de un amor tan fácil, tan instintivo, tan imprescindible como respuirar. Te recuerdo hablando a gritos, bebiendo, fumando, cantando, y sin embargo percibo un halo arcangélico sobre tu hermosa cabeza de fauno joven y travieso, el signo de una naturaleza mítica, bendita, capaz de atravesar las edades, tus años y los nuestros,para llegar intacta hasta el final. Porque eras luz, y siempre serás luz, porque eras alegría y lo seguirás siendo mientras yo tenga fuerza para sonreir. Tenías el poder de iluminarnos, de hacer felices a las personas que tuvimos la suerte de estar cerca de tí. No sé explicar muy bien por qué era imposible no quererte, pero soy incapaz de recordar el nombre de una sola persona que no te quisiera
Y ahora te has ido en un instante, como tú mismo anunciaste antes de morir, y te imagino disfrazado de romano, con una corona de laurel en la cabeza, partiéndote de risa mientras pagas rondas en la barra del cielo de los bares, que debe hacer esquina con el de las confiterías de tu barrio, el mío, nuestro barrio, aquellas tiendas de mármoles sonrosados y delicadas vitrinas, que últimamente echabas tánto de menos. Te has ido, y Madrid se ha quedado huérfano de tí, huérfanos nosotrosde la luz y de tu risa mientras el viento frío de esta primavera triste levanta sin piedad el polvo de las calles. Te has ido y tampoco puedo explicármelo. Esa es la condición de los amores eternos, los que existen desde el mismo momento en que nosotros empezamos a existir, porque se mezclan y se confunden con la propia vida, con el rostro que vemos cada mañana en el espejo, con las sensaciones de la piel, con el aliento. Yo te quería tanto, desde siempre, que ahora siento que te has llevado un trozo de mí, y noto tu ausencia, pero no me importa. Quédatelo, hermano, y espérame en la barra del bar. Ve pidiéndote unas cañas y unas gambas a la plancha, como cuando eras joven y tenías toda la vida por delante".
Para Jose y Sara Domínguez, que si no hubiesen existido, el mundo habría sido un lugar en el que no habría querido vivir.
9 may 2012
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