Es inmenso, sólido, austero, macizo... y, a la vez, esas ventanas y esas agujas le hacen parecer frágil y ligero. La belleza del entorno, el estanque, el verde de la hierba y el azul del cielo de un color típicamente madrileño, me emocionan y me sumergen en un sentimiento de intemporalidad que sólo aquí suelo sentir. Uno siente la historia impregnar sus paredes y sus salas, y me invade la admiración hacia un rey que fué capaz de consolidar en poco tiempo uno de los monumentos más representativos del arte castellano. Gracias sean dadas por estos regalos del pasado que sirven para que tengamos bien afianzados los pies en el suelo y recordemos que ese arte de hoy en día, al que no desprecio, es sólo un débil reflejo de lo que hicieron, sin tántos medios, esos antepasados de todos nosotros, a los que, desde aquí, agradezco ese regalo para la vista que es el Monasterio del Escorial.
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