Dicho sea ésto sin ninguna doble intención, me impresionó la infinita paciencia y meticulosidad de ese trabajo árabe que está expuesto en el Museo Arqueológico de Madrid, y que , visto bajo la luz del expositor, apabulla por el realismo y la efectividad de la composición.
Uno no se explica cómo se comunica esa fuerza, esa armonía en las proporciones. Casi podríamos oir el ruido de la batalla y los gritos de los heridos en el combate. Ignoro si el marfil es un material fácil de trabajar, pero quienquiera que haya creado esa maravilla merecería pasar a la historia con nombre y apellidos. O quizá sea mejor así: ignorando quién lo hizo, podemos añadirlo a la enorme lista de personas que hicieron cosas tan maravillosas como las tallas en piedra de las catedrales góticas, o los magníficos tapices flamencos que revisten los palacios, o las joyas de épocas pretéritas que nos deleitan con sus filigranas...
Uno se siente muy pequeño cuando se compara con el enorme talento de tántos y tántos que nos precedieron y que nos dejaron pruebas inequívocas de un saber hacer las cosas con mimo y amor. Cosas todas ellas que perdurarán a través de los tiempos para recordarnos que el hombre, ése mismo que es capaz de hacer guerras y causar dolor, también puede convertir un pedazo de marfil en una página de la historia y dejarla para que todos los que vengamos después podamos compartir, siquiera sea por unos momentos, lo que el artísta nos quizo hacer llegar con el medio que le era más familiar: su trabajo.
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